La Patagonia vuelve a arder y, con ella, algo más que miles de hectáreas de bosque nativo. Lo que se quema es una parte esencial de nuestro patrimonio ambiental, cultural y social. Lejos de ser un hecho aislado o un fenómeno inevitable de la naturaleza, los incendios forestales que atraviesan una de sus etapas más críticas en la cordillera de Chubut resultan de la consecuencia directa de la desidia, de la irresponsabilidad y, como apuntan los funcionarios de esa provincia, de la acción criminal. Frente a este escenario la indiferencia no es una opción.

El fuego avanza sin control sobre bosques centenarios y zonas pobladas, alterando la vida de comunidades enteras y poniendo en riesgo un ecosistema que tardó siglos en consolidarse. El propio ministro de Seguridad y Justicia de Chubut, Héctor Iturrioz, advirtió que el incendio cambió su dinámica y se volvió más agresivo. Las condiciones climáticas adversas, con altas temperaturas y ausencia de precipitaciones, actúan como un combustible adicional. Pero no explican todo. Numerosas viviendas ya fueron consumidas por las llamas y el frente principal sigue fuera de control, afectando bosques nativos de un valor incalculable. “Hay gente que trabaja 15 o 16 horas por día, algunos más, y necesitan un recambio”, recordó Iturrioz. Detrás de cada cifra hay personas que arriesgan su vida para salvar la de otros y preservar lo que aún puede preservarse.

En este contexto resulta imprescindible activar y fortalecer las redes solidarias, tanto para colaborar con quienes perdieron sus hogares como para respaldar a los brigadistas, bomberos y personal de apoyo que enfrentan el fuego en condiciones extremas. La solidaridad es una herramienta para sostener el esfuerzo colectivo en emergencias prolongadas.

A la tragedia ambiental se suma un dato que agrava aún más el cuadro: la intencionalidad. La investigación judicial apunta a un origen criminal y, según explicó el ministro, los peritajes detectaron acelerantes e hidrocarburos en el punto de inicio del fuego. “Tenemos ya acreditado que fue intencional”, afirmó. Si esto se confirma en sede judicial, más que de un delito contra la propiedad o la seguridad pública, se tratará de un crimen ambiental de proporciones históricas.

Cuidar el ambiente no puede seguir siendo una consigna vacía que reaparece solo cuando las llamas ya están fuera de control. Implica políticas públicas sostenidas, prevención, educación ambiental y un compromiso ciudadano real. También exige denunciar y castigar a quienes provocan estos incendios, ya sea por intereses económicos, especulación inmobiliaria o simple vandalismo. Cada árbol que se pierde, cada vivienda destruida, cada brigadista exhausto es un recordatorio de que la relación con el ambiente está profundamente dañada. Tomar conciencia de la gravedad de estos incendios es el primer paso. Actuar en consecuencia -con solidaridad, responsabilidad y justicia- es la única forma de evitar que esta tragedia se repita una y otra vez, hasta que ya no quede nada por salvar.